Concierto ORQUESTA SINFÓNICA DE GALICIA en Vigo
Vuelven nuestros abonos de MÚSICA CLÁSICA a Vigo, de octubre a diciembre de 2021. La venta online comienza el 11 de octubre y se mantendrá abierta hasta el día 17 en ataquilla.com; también se activa la venta física los días 14 y 15 de octubre en la taquilla del propio Teatro Afundación, en horario de 11.00 a 14.00 y 17.00 a 20.00 h.
ORQUESTA SINFÓNICA DE GALICIA
Director Dima Slobodeniouk
Solistas Barry Douglas (piano) | Jeroen Berwaerts (trompeta)
21 OCT | 20.00 h
Duración aprox. 1 h 11 min
DMITRI SHOSTAKÓVICH
Concierto para piano, trompeta y orquesta de cuerdas, op. 35 (21’)
Allegro moderato
Lento
Moderato
Allegro con brio
MIECZYSŁAW WEINBERG
Sinfonía de cámara núm. 4
DMITRI SHOSTAKÓVICH
Concierto para piano núm. 2 en fa mayor, op. 102 (20’)
Allegro
Andante
Allegro
NOTAS AL CONCIERTO
DMITRI SHOSTAKOVICH (1906-1975)
Concierto para piano, trompeta y orquesta de cuerdas nº 1 en do menor, op. 35
Concierto para piano y orquesta nº 2 en fa mayor, op. 102
Dentro del amplísimo catálogo de la obra de Shostakovich, la música para piano ocupa un papel relativamente secundario, sobre todo si se compara con los extraordinarios ciclos sinfónicos y de cámara. Sin embargo, el autor fue un notable pianista durante sus primeros años de carrera hasta que una dolencia hizo que tuviera que ir restringiendo esta faceta al campo privado. Además de los destacados preludios y de los veinticuatro preludios y fugas, escribió dos sonatas, algunas otras colecciones de piezas breves y dos conciertos para piano y orquesta que representaron dos fases bien diferentes de su carrera.
Cuando escribió entre marzo y julio de 1933 el opus 35, en la Unión Soviética no se cultivaba el género del concierto para piano y la obra fue muy bien recibida en su estreno en Leningrado el 15 de octubre del mismo año. Se sabe que, en principio, Shostakovich la había concebido como un concierto para trompeta y le incorporó poco a poco una parte para piano que fue ganando importancia hasta alcanzar el protagonismo principal de la obra. Los cuatro movimientos de los que consta se interpretan sin interrupciones y dan una idea de la actitud despreocupada y confiada con la que la compuso, muy lejos de la oscuridad que marcaría buena parte de sus años de madurez. Igual que hizo en otras obras de este período, combina con gran coherencia y acierto numerosas fuentes de inspiración, con citas de piezas, tanto suyas como de Beethoven, Haydn, Ravel y canciones populares. El concierto se abre con un breve pasaje burlesco formado por sendas escalas descendente y ascendente sobre una nota falsa de la trompeta, dando paso a un primer tema de carácter serio relacionado con la sonata Appassionata de Beethoven y, a continuación, a un segundo más animado en el que la trompeta aporta un tono irreverente. El tiempo lento mantiene el aire melancólico con el que finaliza el anterior; es una especie de vals en el que ni siquiera las intervenciones de la trompeta consiguen romper con el ambiente de sueño e introspección. La tercera parte, muy breve y que recuerda a los preludios del mismo autor, da paso a un Finale que supone una auténtica explosión de energía y ritmo donde los solistas comparten protagonismo en medio de una trepidante carrera llena de referencias a otros autores clásicos y al music hall. Incluso la cadencia, que lleva a una conclusión frenética, es una paráfrasis de un rondó de Beethoven.
El concierto en fa mayor data de 1957 y fue un regalo de aniversario que Shostakovich le hizo a su hijo, quien lo interpretó en el Conservatorio de Moscú antes de que, meses después, se produjera la presentación oficial con el propio autor al piano. Difunto Stalin, el compositor había visto bajo el gobierno de Kruschev cómo su figura iba siendo rehabilitada y, gracias a eso, fue adoptando un lenguaje menos críptico y más personal, reflejando sus preocupaciones y emociones. A pesar de que en esta obra no llega a abandonar completamente las armonías y técnicas más modernas, escoge un estilo predominantemente sencillo que conjuga la jovialidad con la sensibilidad. Quizás adelantándose a las críticas que podría recibir, Shostakovich afirmó que el concierto no estaba a la altura de sus mejores obras, pero la prensa soviética la elogió por su «encantadora simplicidad, su calidez lírica y su espíritu libre». El esquema es de tres movimientos, donde los extremos se caracterizan por su vitalidad y contrastan con el central, profundamente melancólico. En el Allegro inicial, en forma sonata, una introducción a cargo del oboe y el fagot da paso a dos temas, uno con aire de marcha y otro, de carácter sentimental, basado en una canción popular rusa; ambos desembocan en una cadencia centelleante. Por lo contrario, el Andante es una página íntima y nostálgica muy próxima a un nocturno, aunque basada en la forma de la zarabanda barroca. La brillantez y el ritmo del comienzo se mantienen en el tercer movimiento, un rondó en el que se yuxtaponen tres motivos temáticos –entre ellos un tema de los estudios de Hanon, un guiño a los ejercicios de digitación bien conocidos por el dedicatario de la obra‒ en un frenesí que desemboca en la coda final.
MIECZYSŁAW WEINBERG (1919-1996)
Sinfonía de cámara nº 4, op. 153
El nombre de Mieczysław Weinberg permaneció casi ausente de los programas de conciertos y de los estudios de gravación durante muchos años, pero en las últimas décadas, y en especial tras su muerte, está alcanzando despacio el reconocimiento que merece. Su producción fue muy amplia y abarca más de un centenar y medio de obras de casi todos los géneros: óperas, ballets, obras vocales, música incidental y ballets, sonatas para diversos instrumentos, música de cámara y para piano y sinfonías. Los motivos de que un compositor de su entidad pasara desapercibido durante tantos años hay que buscarlos en varios hechos de su trayectoria vital. Nacido en Polonia en el seno de una familia judía, sus padres y su hermana fueron asesinados en el campo de exterminio de Trawniki y él tuvo que exiliarse en la república de Uzbequistán, donde trabajó en el Teatro de la Ópera de Tashkent. Allí conoció a Dmitri Shostakovich, con el que tuvo una gran amistad y gracias a él pudo regresar en 1943 a Moscú, donde ejerció hasta su muerte. Sin embargo, durante algunos años no disfrutó del favor de las autoridades y su carácter, ajeno al conservadurismo académico y al modernismo imperante en las nuevas generaciones, nunca ayudó a que se convirtiera en un autor popular. Eso sí, fue estimado por algunos de los grandes nombres de la música de la Unión Soviética, como Emil Gilels, David Oistrakh, Oleg Kogan, Kirill Kondrashin, Vladimir Fedoseev, Rudolf Barshai, Mstislav Rostropovich o el Cuarteto Borodin, que estrenaron y fueron dedicatarios de varias de sus obras.
En su última década dedicó grandes esfuerzos a la producción sinfónica, escribiendo sus tres últimas sinfonías y cuatro sinfonías de cámara. Tres de estas últimas se basan, en mayor o menor medida, en los cuartetos de cuerda que había compuesto décadas antes, mientras que la cuarta, que hoy escuchamos, fue la última obra que completó en vida. La finalizó en dos semanas escasas, entre el 30 de abril y el 12 de mayo de 1992 –aunque su estreno póstumo tuvo que esperar seis años‒ y la dedicó a Boris Tchaikovsky, compositor contemporáneo suyo de quien había sido muy amigo. Está escrita para orquesta de cuerda, clarinete y un triángulo y consta de cuatro partes que se interpretan sin interrupciones y que Weinberg decía que eran una especie de resumen de su vida. El Lento inicial comienza con un nostálgico motivo coral ya usado por el autor en varias obras anteriores, tras lo cual entra discretamente el clarinete, entonando un recitativo antes de la repetición del coral inicial. El segundo es un movimiento frenético y burlesco que solo modera el ímpetu y alcanza algo de calma, primero cuando interviene el clarinete y más tarde con las aportaciones de violín y violonchelo. En el Adagio- Meno mosso, el clarinete abre con un tema triste de origen popular y la cuerda lo va haciendo evolucionar hasta alcanzar un clímax, tras el que reaparece el mismo instrumento. La última parte es la más larga e incluye las únicas intervenciones del triángulo; el motivo principal, a cargo del clarinete, tiene aire folclórico y se deriva de otra obra de Weinberg. La tensión va aumentando hasta la cadencia del viento y, después de ella, la cuerda establece una atmósfera tranquila que va desapareciendo pacíficamente.
Sociedad Filarmónica de Vigo – Martín Fernández