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Sobre una superficie rugosa, impregnada de pigmentos verdes y amarillos, resalta el armazón de dos árboles en negro y, entre ellos, un grueso trazo rojo sesgado. El pintor plasma un espacio sin límites en donde la sencillez de las formas sólo encuentra referencia en la pintura oriental. Como en un pictograma chino, representa, de un modo abstracto, con la mínima grafía, lo que quiere decir. Porque entiende la pintura como una filosofía, deja la obra abierta, para que cada uno pueda poner en marcha sus pensamientos con toda libertad.