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La madre, sentada, sostiene al niño que levanta los brazos hacia ella. Las figuras mantienen un dinámico diálogo entre lo inanimado y lo vivo. Son figuras vehementes que parece que se despedazan en los gestos con un juego de cóncavo, convexo, que produce una pérdida de masa, como un querer escaparse del cuerpo cerrado de la escultura. La luz incide sobre la superficie pulida de la madera que deja ver las vetas naturales de la materia.