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A través del fragmento de una arcada de piedra contemplamos el mar, por donde navega un barquito plateado, muy cerca de la espiral que se genera en el centro del cuadro. La arquitectura se introduce en la composición, de forma inclinada, e inestable, como si se tratara de un efecto óptico provocado por el movimiento del agua. Sobre el pantalán resalta una pequeña figura femenina descalza, que se incorpora al cuadro como una visión, como un recuerdo. El pintor integra en la obra una serie de elementos reales añadidos, producidos industrialmente, colocándose en la línea que habían abierto los cubistas, enlazando con Duchamp, sin que la obra llegue a perder el carácter ilusorio del cuadro. La espiral es uno de los signos que, procediendo de la simbología popular, el artista recupera pasando a formar parte de su iconografía personal.