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Los temas tradicionales, de ferias, de vendedoras, son una fuente constante de inspiración para este artista que explora en cada cuadro lo esencial, investigando en el color y en la forma en la búsqueda de una comunicación más directa.
La composición parece un estudio de luz y color, el análisis de la sensación de proximidad y lejanía. Las vendedoras muestran actitudes opuestas, situándose en dos posturas contrarias, una de frente y la otra de espaldas concibiendo, para ambas, un fondo distinto.
Toda la composición se entiende en un cromatismo frío, grises, azules, verdes, blancos, reservando los cálidos para la frutera del primer término, atrayéndola hacia fuera del cuadro. Esta figura tiene más fuerza, está mejor definida disfrutando de los intensos colores de la pañoleta roja y la cesta de naranjas. El fondo gris oscuro sobre el que se dispone destaca los cálidos de la tela y las frutas. La imagen de espaldas, emplazada en un segundo plano, se presenta borrosa, envuelta en una bruma de azulados que acentúan su posición de lejanía. Ubicada sobre un fondo blanco, se acompaña de su cesta de sábanas también blancas.
La pincelada es libre, los colores se mezclan y funden para captar la luz, para describir diferentes efectos lumínicos creando sensaciones nebulosas. En contraste con esta superficie frotada, dominada por la mancha, perfila, en una gruesa línea negra, los detalles del dibujo que le interesa destacar para otorgar corporeidad a presencias y objetos.
El bodegón, la cesta rebosante de frutas, es un motivo plástico fundamental y definidor de la temática de las fruteras por su aportación de color y de luminosidad a la obra.