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Tres vasijas de distinto tamaño, ordenadas en sentido horizontal, destacan sobre un fondo vacío en el que se apoyan con mágico equilibrio. La pintora aprehende las formas simplificadas, valorando los espacios intermedios, ese lugar que hay entre el fondo y la superficie epidérmica del cuadro. Con una técnica propia crea una superficie salpicada que hace que los objetos, quietos, palpiten en esencias con acorde de sepias, ocres, anaranjados grises y negros.
Reproducciones
"Colección Caixavigo. Pintura-Escultura-Dibujo". Tomo 3, página 54.