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El pintor evoca libremente un lugar visto o soñado que enmarca con una línea finísima de trazo espontáneo y desigual. Sumida en la oscuridad, surge una arquitectura vertical, inconcreta, de blancos y amarillos, como una metáfora del brillo del alba en la ciudad, o como luces balbucientes entre las casas de una urbe misteriosa, remitiendo al espectador a un mundo visionario íntimamente lírico. La materia, muy cuidada, deja sobre la tela referencias de gestos espontáneos.
Exposiciones
Bienal de Lalín de 1993.