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El ser humano, parte esencial de la obra de Pérez Bellas, aprece en una composición en la que se contrapone una figura de pie, deforme y monstruosa, que mira con aire melancólico hacia un espejito que sostiene en la mano, y una agraciada joven, de expresión sonriente, sentada a su lado, sobre un fondo neutro que realza el expresionismo de la escena. El acercamiento de dos seres, físicamente, tan diferentes, provoca un clima cordial y afectivo de gran fuerza poética, que se activa con el contraste arbitrario de colores, anaranjados, morados y verdes.