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Busto de niño, con las manos juntas y un casquete blanco en la cabeza. La pincelada, espontánea y bien marcada en la figura, contrasta con la calidad lisa y homogénea del fondo oscuro. La fuerza de la expresión está determinada por la luz, que penetra y transfigura la materia, produciendo vibraciones sobre las carnes y las telas, y dejando en penumbra la mitad del rostro, que esboza una débil sonrisa. En la paleta no hay nada disonante, armonizando con gran sensibilidad, negros, grises, blancos y rosas.