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Rafael Alonso centra su mirada en el paisaje gallego, en las formas y perfiles de la tierra labrada y cultivada donde es evidente la presencia de la mano del hombre.
El paisaje se convierte en un medio para el estudio y análisis de la geometría. Los campos son rectángulos y cuadrados, los surcos arados se transforman en líneas, los almiares son triángulos. Sin embargo, los árboles surgen como manchas espontáneas y azarosas que salpican la naturaleza ordenada y humanizada.
Las dos composiciones difieren entre sí aunque el tema central sea el campo. En el paisaje con almiares es más evidente el interés en la estructura formal, en el dibujo y la geometría mientras que en la segunda propuesta predomina el gesto, la pincelada es más abocetada y rápida. Los árboles continúan la línea que había iniciado en París, manchas desenvueltas que recuerdan a la caligrafía china.
La armonía cromática se impone mediante el predominio de los tostados, los verdes y los grises. El color y la pincelada nunca son aleatorias sino precisas y estudiadas, con lo que consigue mantener el equilibrio sin caer en la monotonía, reproduciendo con veracidad lo sombrío del paisaje y de la atmósfera de Galicia con un colorido oscuro que le otorga más riqueza y profundidad expresiva.