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La presencia de los veleros es constante en la obra del autor seducido por la belleza del mar y el vibrar de la luz.
Las seis naves, con las blancas velas que brotan del soporte de papel, destacan en una obra donde domina el color azul, convirtiéndose en vacíos improvisados entre las olas, luchando por sostenerse sobre los azules del mar y los verdes y amarillos del paisaje.
Al igual que en la obra de Monet, Regatas en Argenteuil, Rafael Alonso se interesa por el movimiento y la palpitación de la luz. Extiende el color mediante una pincelada amplia y generosa que discurre y juega con la con la superficie del soporte, generando efectos lumínicos, sensación de oleaje, deshaciendo una infinita gama de azules-verdosos que armonizan y, al mismo tiempo, se distinguen de los verdes intensos de delimitan la línea de horizonte. El dibujo prácticamente no existe, solo se intuye el trazo rápido del lápiz para ubicar los embarcaciones en una composición que tiende hacia la simplificación, que busca el contar lo máximo con los mínimos recursos.