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Mundos construidos e intuidos nacen de la mano de un autor para el que la naturaleza forma parte de la perfecta armonía del Universo.
El paisaje, estructurado en dos partes delimitadas por la línea de horizonte, nos ofrece la contemplación de un luminoso amanecer. La realidad se interpreta esquemáticamente, mediante una composición cartesiana que mantiene el equilibrio entre naturaleza y geometría.
La luz es el elemento primordial en la obra en la que se representa la grandeza de un espacio abierto y, al tiempo, se describe el albor. Empleando un difícil juego de diagonales contrapuestas, que se expanden radialmente a partir del centro, el autor determina la profundidad y despliega la luz concibiendo un escenario único, albergue de un momento especial, la génesis del mundo.
La paleta, dominada por los colores fríos y planos, se dilata en una perfecto concierto cromático. Los tonos adquieren gradaciones ópticas y luminosas con lo que la obra vibra visualmente y transmite la sensación de atmósfera, de soledad y silencio.