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Con esa dicción propia y diferenciada, que lo distingue, insinúa levemente la ventana y las cebollas que cuelgan del techo del cuadro, casi tan suaves y ligeras como las flores sugeridas en el ramillete del florero. Juega el pintor con elementos utilizados en otras obras como el cestillo alargado que contiene las manzanas o el florero decorado que antes veíamos delante de una ventana cerrada y ahora parece suspendido sobre el mar. En estas composiciones de bodegones sobre el mar de la Ría de Pontevedra, no quiere hacer la panorámica de un paisaje ni un inventario de elementos de bodegón sino fijar sobre el papel un clima de ensueños y recuerdos de momentos vividos, como un preclaro poeta de la imagen.