JOSÉ CABALLERO
Caballero, José
( Huelva, 1915 - Madrid, 1991 )
Biografía
José Caballero nació el 11 de junio de 1915 en Huelva donde transcurrió su infancia en Ayamonte, junto al río Guadiana. Fue un niño tímido e introvertido, lo que hizo que prestara una atención especial a su entorno: los paisajes, las gentes y la luz de su tierra quedarían marcados en su mente. Su padre, Santiago Policarpo Caballero, farmacéutico de profesión pero dibujante de vocación, fue quien le introdujo en el mundo del dibujo. Desde pequeño, José se familiarizó con los útiles de pintar y pronto empezó a dibujar con una habilidad sorprendente. A su padre, le divertía verlo crear y solía regalarle cajas de lápices y acuarelas. Como recordaba el propio José Caballero: “A los cuatro años dibujo ya con rara perfección, asombrando a todos. Mi deseo de asombrar se manifiesta y desde entonces buscaré todas las ocasiones propicias para ejercitarlo”.
En el año 1922 comenzó sus estudios en el colegio de los Padres Agustinos de Huelva, donde destacó por su facilidad con el dibujo. Aunque era un alumno aplicado, también mostraba un carácter inquieto y rebelde. Durante el bachillerato, cursado en el Instituto de Enseñanza Media, su interés por el arte se fue consolidando, a pesar de ser la asignatura que siempre suspendía, debido a, como apunta la catedrática Marián Madrigal Neira: “ un incipiente deseo de libertad y a no ajustarse ya a los cánones académicos”. Tan sólo dos años después, su padre cae enfermo de tuberculosis y fallece dejando así a la familia Caballero con severos problemas económicos, por lo que los padrinos de José se trasladan a su vivienda para hacerse cargo de la economía. Su tío, médico liberal de ideas republicanas, se convirtió en una figura importante para José, al introducirlo en las tertulias intelectuales que mantenía en el Café Central de Huelva.
A pesar de todo, José no abandonó su pasión. Durante el bachillerato empezó a publicar dibujos en la revista “El estudiante”, entre ellos, las ilustraciones hechas en 1927 de la celebración de Semana Santa. Su dedicación e interés lo llevaron a asistir a las clases de dibujo que impartía el pintor de marinas José Fernández Alvarado en el Museo de Pintura de Huelva, aunque pronto se sintió limitado por el estilo tradicional y académico de su maestro. Caballero buscaba una pintura más libre y personal, por lo que comienza a encontrar inspiración en las revistas ilustradas por artistas como Bartollozi o Ricardo Marín; de este último sentía una especial admiración por sus trazos rápidos y expresivos.
En 1929 se trasladó a Madrid junto a su madre para estudiar Ingeniería industrial, mientras continuaba su formación en el dibujo y la pintura; sin saberlo, estaba asistiendo a uno de los momentos culturales más ricos de España, el de la Generación del 27. La Academia Krahe, donde cursaba sus estudios, quedaba muy cerca del Museo del Prado, al que acudía con frecuencia. Allí pasó largas horas observando a los grandes maestros, especialmente a Goya, cuya obra lo impresionó profundamente y marcaría su mirada para siempre.
Ese verano, regresó a su tierra natal y conoció al pintor Daniel Vázquez Díaz, encuentro que resultaría decisivo, ya que, de vuelta en Madrid, comenzó a trabajar en su taller al mismo tiempo que continuaba con sus estudios; esta decisión sería determinante tanto en su formación artística como en su crecimiento personal. Como señala Marián Madrigal Neira: “Don Daniel fue quien de verdad le enseñó a pintar y le inculcó el amor a la pintura como una constante búsqueda. Por ello José Caballero siempre le consideraría su único maestro”.
En 1931, José realizó su primera exposición individual en el Círculo Mercantil de Huelva, donde mostró una treintena de retratos. Aunque él mismo la consideró una muestra menor, su cartel de presentación ya reflejaba la influencia de las nuevas tendencias artísticas. Tan sólo un año después, gracias a Vázquez Díaz, colaboró en los decorados de “La historia del soldado” de Stravinsky, representado en la Residencia de Estudiantes. Allí conoció a Federico García Lorca, quien se convertiría en uno de sus grandes amigos y lo pondría en contacto con otros artistas como Pablo Neruda o Rafael Alberti. En una carta a Lorca, Caballero le escribió: “ Estoy contentísimo porque por ti estoy publicando y ganando dinero, y si tu no te hubieras interesado, yo nunca hubiera sido nada”. Ese mismo año, su maestro logró convencer a la familia Caballero para que José abandonara la ingeniería y comenzara sus estudios en la Academia de Bellas Artes de San Fernando.
En el año 1934 se unió al grupo teatral de La Barraca y empezó a frecuentar el taller del pintor uruguayo Joaquín Torres-García, quien lo introdujo en el surrealismo. De esta época surgen obras como “Los dulces placeres del sadismo” (1934), “Esencia de verbena” (1935) y “Las enfermedades de la burguesía” (1936); como diría posteriormente el propio pintor: “El surrealismo para mí fue el descubrimiento luminoso de un nuevo lenguaje de libertad (...) y también una forma de agresión a una burguesía a la que había que herir y soliviantar con sus propias armas”.
El estallido de la Guerra Civil en 1936, sorprendió a Caballero en Huelva, que pronto fue ocupada por los sublevados. En 1937 fue llamado a filas, pero gracias a la mediación de Dionisio Ridruejo, fue destinado al servicio cultural en Burgos, donde trabajó como ilustrador en publicaciones falangistas. A pesar de ello, la guerra lo marcó profundamente y cuando finalizó, abandonó la pintura durante varios años; como él explicó:“no porque no pudiera separarla de mi cortejo de fantasmas queridos, sino porque, como yo estaba destinada al silencio”.
Durante esta década de silencio, en los años cuarenta, José trabajó como escenógrafo en teatro y cine hasta que retomó la pintura empleando para ello de nuevo, el surrealismo. Esto tiene lugar en 1950, cuando fue invitado a participar en la exposición del Carnegie Institute de Pittsburgh, donde presentó “El presuntuoso” y “La divina proporción”. Su obra comenzó a conocerse en Estados Unidos, en España participó en el VII Salón de los Once, en Venecia en la XXV Bienal y realizó exposiciones en Alejandría y el Cairo. En su muestra individual en la Galería Clan de Madrid –celebrada ese mismo año–, sus obras revelaban un tono goyesco y un interés por los temas populares, como se ve en “Retrato de María Fernanda con forma ósea”, a la vez que comienza a desaparecer el surrealismo ya característico en su obra para dar paso al expresionismo.
En 1951 obtuvo el Premio de Pintura Joven en la I Bienal Hispanoamericana de Arte de Madrid. Poco después, regresó a la Galería Clan con una serie de dibujos titulados “Paisajes nostálgicos” (1952) en la que destacan tres pinturas “Velador histérico”, “Peluquería en Córdoba” y “Monumentos marítimos”, donde se aprecia una neofiguración tomando como influencia principal a Pablo Picasso, debido a sus formas angulosas y una mayor geometrización de las mismas. En los años siguientes fue dejando atrás definitivamente el surrealismo y adentrándose a una abstracción con una fuerte carga simbólica, lo que se ve en obras como “LLanto por un caballo muerto” (1953) que llevó a cabo para la muestra “Arte fantástico”, realizada por Antonio Saura en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid.
Posteriormente, a mediados de la década Caballero comienza a realizar pinturas donde el tema central es la mujer, un tema que como comenta Madrigal Neira: “va a ser la única protagonista en obras que destacan por su calma y refinamiento”. Por otro lado, irá incorporando la figura del gallo para tratar su malestar e irritación con la situación de España. Estos últimos se irán transformando en medias lunas o formas desgarradoras a lo largo de su trayectoria pictórica hasta llegar a originar un círculo; por otro lado, las mujeres y el misterio que las rodea, se irán deshumanizando convirtiéndose finalmente en una composición de líneas.
En 1956, realiza dos obras que marcan un antes y un después en su producción pictórica: “Homenaje a Zurbarán” y “Mesa con pan pobre”. En esta última, las figuras esquemáticas esbozan un bodegón con gran carga simbólica ensalzada por el empleo de un blanco intachable, colores tierras y un negro azabache muy marcado. A partir de este punto, la pintura de Caballero comienza a ser cada vez más abstracta empleando este tipo de pintura como una libertad estética y de conciencia que ya se estaba llevando a cabo por numerosos artistas en una España devastada.
Así, Caballero se hace con la abstracción separándose de la visión más trascendental o incluso religiosa que tenían algunos pintores españoles, para centrarse más en el componente literario que se podía experimentar con la misma –lo cual esos artistas rechazaban– ya que José Caballero comentaba sobre este tipo de pintura que era: “la más posible para unos artistas que tuvieron que aprender a callar y que han permanecido mucho tiempo incomunicados”. De esta época destacan obras como “Sangre en la barrera” (1960) o “Muro blanco” (1960).
En 1961 lleva a cabo una exposición en la galería Lèntracte Lausana (Suiza) sobre pinturas de barreras y burladeros en las plazas de toros y realiza además la escenografía de “Yerma" de Federico García Lorca. A lo largo de esta década, fue desprendiéndose de las referencias figurativas centrándose en la importancia del círculo en su obra y explorando a su vez, técnicas mixtas. En el año 1966 un viaje a Grecia y Oriente Medio fue terminante para su producción artística: quedó fascinado por la caligrafía árabe y por la arquitectura de Santa Sofía de Estambul, concretamente por los círculos negros que se encuentran bajo su cúpula. Debido a este gran interés por las formas geométricas, realiza un estudio en el año 1968 primero sobre el rombo, más tarde sobre la pirámide y finalmente el círculo, la cual considera la forma más perfecta.
En el año 1970 se reencuentra con Pablo Neruda en Barcelona y con Rafael Alberti en Roma, sintiéndose gracias a estos encuentros, más comprendido y acompañado; así, al año siguiente crea de manera conjunta el libro “Oceana” con su amigo Pablo Neruda. Tan sólo tres años después, tuvieron lugar numerosas exposiciones del pintor tanto en el ámbito nacional como internacional. Este mismo año, fallece Neruda y José lo homenajea realizando un cuadro en forma de carta y una exposición que es finalmente vetada. Desde entonces, su obra se orientó hacia la exploración del círculo, del signo y del color y la búsqueda de una libertad expresiva total, como refleja “Neruda calcáreo” (1978) inspirada en las esculturas de la Isla de Pascua.
En la década de 1980, Caballero siguió trabajando en el grabado y en la pintura, creando una escritura plástica personal inspirada en el árabe. En 1984, recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas, y poco después fue condecorado con la Orden de Cirilo y Metodio por el gobierno búlgaro. Su ciudad natal también le otorgó la Medalla de Oro y organizó una gran exposición retrospectiva. En 1989 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Academia Nicolai Paulovich de Sofía, Hijo Predilecto de Andalucía y recibió la Medalla de Oro de Bellas Artes.
En 1990 realizó su última exposición en vida en la Galería Juan Gris de Madrid, acompañada de un catálogo con un texto de Miguel García-Posada que tuvo una gran repercusión en el panorama artístico del momento. Su pintura, cada vez más depurada, mostraba un dominio pleno del signo y de una sensibilidad profundamente poética. Un año después, en 1991, el Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla inauguró la exposición antológica “Del símbolo al signo”, que reunía medio siglo de creación y sintetizaba su largo viaje desde el surrealismo hasta la abstracción más esencial. Caballero, ya enfermo, no pudo asistir a la inauguración, pero siguió de cerca la preparación de la exposición.
Poco después, el 26 de mayo de ese mismo año, José Caballero falleció en Madrid. La ciudad le concedió de manera póstuma la Medalla al Mérito Artístico, en reconocimiento a una vida dedicada por completo a la pintura y a la búsqueda de un lenguaje propio.
En la Colección de AFundación se conserva su obra “Sin Título” (1985), perteneciente a su etapa final, en la que había abrazado plenamente la abstracción y la caligrafía. En ella aparecen letras, símbolos y círculos reforzados por un trazo azul intenso, enérgico y vibrante, característico de su madurez artística. Sobre el sentido último de su práctica pictórica, el propio artista afirmaba: “pintar es preguntarse a sí mismo. El hecho de pintar es responderse a esa pregunta”. Con esta reflexión, sintetizaba la dimensión introspectiva y el carácter de búsqueda que definieron su trayectoria hasta el final.
Bibliografía
CHAVARRI, R. José Caballero; Artistas españoles contemporáneos. Ministerio de Educación y Ciencia, Madrid, 1974.
MINISTERIO DE ASUNTOS EXTERIORES Y SOCIEDAD ESTATAL PARA LA ACCIÓN CULTURAL EXTERIOR (SEACEX). José Caballero: Círculos y sueños [catálogo de exposición]. Madrid, 2002.
MADRIGAL NEIRA, M. La memoria no es nostalgia: José Caballero (Tesis Doctoral). Universidad Complutense de Madrid, 2001.
GONZÁLEZ RUIZ, J. La iconografía del silencio impuesto: El lenguaje de José Caballero. El pájaro de Benin, Universidad de Sevilla. 2018.